Atlántida

La tinta coagula en mis sienes desgastadas, como pentagramas reescritos en la inmortalidad de un da capo. La nota registrada en mi ojo izquierdo despliega la ininteligibilidad del silencio hacia la ingratitud de unos brazos que nunca me aceptaron como madre. Al filo de una caricia inconclusa, mis yemas sangran y polinizan el vacío: tamborilean el réquiem del amanecer que no supieron salvar. El sol se oculta, tembloroso, al resguardo de un mar que huyó del mapa delimitado por los hombres; despliego mis olas de saliva tóxica y el oro hierve, se oxida y muere.

Llevo en mi vientre el fruto de la ciudad ahogada; sus muros carecen de piel, sus manos descarnadas rezan por quien regresó de la muerte avanzando hacia ella. Su corazón exangüe tiene los labios descamados, la garganta náufraga.

Pero hace tiempo que dejó de tener frío.

D.C.

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Acerca de L. Dietrich

Pixieh Tian Shi — El cielo por los suelos y los pies en el aire.
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