CANDY

“With you inside me… comes the hatch of death.”

—Estoy asustada.

{ Himmel }

Se desnuda la semilla de la semilla, y aquel que, consciente de su efimeridad, insistió en escribir su nombre en humo, transcurre hilando coronas de pájaros junto a una sirena.

—No hay nada que temer.

{ Erde }

El fruto se rinde ante el puño de agua, sangre y abstinencia. Tras extinguirse el eco de su quedo espasmo, la pérdida se sacia con flores inconclusas y puentes desandados, con vestigios de ambrosía aguijoneando el horizonte de las escamas.

La sombra de las esquinas y los bancos rehúye a quien escolta la muerte.

»Nada.

{ Hölle }

Las desvencijadas letras de carmín y esmalte reescriben mis poemas. La palidez de las rosas arde bajo el sol de madera, cuyas vetas destilan oro suicida en miel triste y amarga. 

El anhelo se persona. Frente a un vaso amoratado contemplo, en la migración de los pájaros, el desenlace.

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Nunca más

el cielo se asfixia su garganta desplegada en mudas ramas
la lluvia hiende el suelo desangra el suelo
la lluvia erosiona y tortura mi piel
 
tengo una muesca en la clavícula
tengo una muesca que es charco y
bajo la marca de agua los tejados zumban palas en mis sienes palas en mi pecho
y en su cabeza el cuervo ladra «nunca más»
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el espacio es infinito y se desborda por tus pupilas devora el iris color piel color piel tiznada y dientes de sangre araña tu pecho ara tus costillas y te arropa con polvo sutil y quedo polvo como un manto de agujas que muerden tus rasgos y el infinito se nutre de infinito y las estrellas multiplican nuestros dedos porque mírate tus ojos no responden y aun así aun así

aun así yaces ante ti y te ves

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En tierra extraña

«Hace mucho que no te veo». Sus ojos berilio trinan con la agudeza de un recién nacido. Tras el primer llanto, sus dedos fusiformes ensartan los míos.

This red wall winces continually:

A red fist, opening and closing,

Two grey, papery bags—

This is what I am made of, this, and a terror

Of being wheeled off under crosses and rain of pieties.*

La sangre vuelve a su cauce. Doblo la campana por quien ya no recuerda su tañido.

 

* Apprehensions, Sylvia Plath.

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La muerte de un autor

«Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».

Nietzsche

 

mis pupilas atrofiadas parpadeo del obturador sombras

de papel a orillas del verano

sus manos nervaduras de caricias sin yema sin flor solo eco

la cueva santuario de ángeles abatidos encañonados por el sol

Sórdido Orfanato de Lenguas

inestables

titila el pulso engranaje estancado en sus ojos reflejo del yo

eres garganta y voz camaleónica yo el otro sí mismo

ideas marchitándose en la exhalación del invierno blanco roto luz bosquejada a carboncillo

versos escuálidos palabras palabras palabras el último folio letras de amapola incisivos guadaña utopía

futuro proyectado al pretérito y presente estanco

quién soy tú eres yo somos

laurel coronas en los tobillos eslabones el boca a boca del revólver y plomo que escupe la pared

las heridas incruentas los huesos combados la clavícula yerrada

tinta

brota de la roca insaciable su piel crepitando agujas sudando cera emporchan su ombligo escarabajos zurcidos al espejo cóncavo de su vientre piramidal cúspide y

salto

el vals del perfume suspendido

costillar escarpado

huellas ulceradas

no puedo respirar no puedo respirar no puedo respirar sino en ti

no te vayas me dices pues solo soy

si me miras si me ves

y ante iris velados el abismo se engulle

sulfuro de plata perfila los pómulos pestañas como puntos de fuga inexistentes

mírame

el puente de tu boca cuelga sobre el vacío que inhalo se estremece se eriza se enreda y vuelca vuelca vuelco al segundo corazón

eones de parálisis

miro veo

te veo

quién soy tú eres yo somos

todo

 

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Transverberación

«Él quiere que continúe viviendo…». María Teresa Rattier

Gracias por las palabras, maravillosas palabras de una hoja bañada en café y fuego—huellas de ceniza enclaustradas en el segundo corazón como una urna.

Cuando la noche me abriga con dedos rosados, mi añorado campo destila rocío con piel de jara y romero—flores germinan en mi falda, al amparo de sus iris oxidados y mi sonrisa opalescente. Mas se empañan las vidrieras y el rosetón se abre, puerta al tiempo más allá de todo tiempo—inhalación del gramófono y repique de la nota infinita.

Su latido sísmico atraca en mi cintura. Retomamos el paso.

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efluvio

migrañas

vómitos

abstinencia de agua

cloacas rebosantes el aliento del subsuelo

en su boca y sus dientes

royendo la puerta pero no hay salida

solo espejos de humo escaparates miopes

Narciso

con crines de leopardo alimentándose

del tuétano de los relojes y

las doce la última cena

poemas despiezados y exhibidos en cristalerías de soplos nocturnos

que capturan esquirlas de oxígeno para sordos

cruces en los ojos

marcas de anzuelos en los labios

dilatados como pupilas que son abismo y

ven ven ven y

engullen y

saliva asmática

ríos de carbón

huesos invernales de nieve pigmento

la desnudez de las farolas mendigando luz

inhalando sombras

y el ocaso

fuego griego catapultado contra las fachadas

contra las máscaras

contra el Único

coronas de laurel marchito

cenefas de rosas mustias

paredes de cipreses lanzas espino clavos

estigmas que son quemaduras de nicotina

los brazos no abarcan más pecas

los cuentos desconocen a los niños

asilo en sagrado en hábitos

mi vientre sin bendecir sin querer ser bendecido

semillas inconclusas

sábanas sudarios

soledad

sopeso las pastillas

el palacio mental eterizado

párpados gravitatorios

mariposas de plomo sin pasaporte

vuelo a ras del suelo

madriguera

el conejo colgado

carta no hay posdata solo cuerpos ilegibles

coleccionando monedas bajo lenguas impermeables

habitaciones colmadas de lágrimas

bilis negra, amarilla, roja y verde

la gorgona frente al espejo

de humo

el horno, la niña, la bruja

la casa de dulces consumiéndose y

el corazón pulpa cómeme bébeme

el verbo se hizo

aire

y los poetas escribieron su nombre en agua

y el verbo era

Yo

pero palomas y leones castrados

peces sin branquias

y navíos de costillas abiertas

naufragio sal

en el cráneo

tierra estriada el mundo

en estado vegetal

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Rigor mortis

Hay un cuerpo en mi cama y está frío.

Tiene puños cerrados en estalactitas que perforan su carne: la carne de la mano que se niega a comer, la carne de los colibríes de pulso famélico; jaulas, jaulas, jaulas de estalactitas disueltas, el agua sin firmar goteando sobre el cráneo de aquel cuyo nombre se escribe con mayúsculas. Y no hay más que Yo, dices, pero hay un cuerpo en mi cama, lecho de dientes perdidos y monedas de óxido bajo los párpados, aliento de las iglesias: piedra sin sed, vino que sacia los estigmas como labios abriéndose de pestañas al rocío. El alba garza teje sus poros y asciende con uñas de alfiler hasta su pecho, pero el cuerpo de mi cama está frío, frío. Escarcha. Tiene los ojos turbios, fangosos, lacrimales colmados de nieve terrosa.

Parpadea.

Hay… Hay un cuerpo en mi cama y… está… está…

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