CANDY

“With you inside me… comes the hatch of death.”

—Estoy asustada.

{ Himmel }

Se desnuda la semilla de la semilla, y aquel que, consciente de su efimeridad, insistió en escribir su nombre en humo, transcurre hilando coronas de pájaros junto a una sirena.

—No hay nada que temer.

{ Erde }

El fruto se rinde ante el puño de agua, sangre y abstinencia. Tras extinguirse el eco de su quedo espasmo, la pérdida se sacia con flores inconclusas y puentes desandados, con vestigios de ambrosía aguijoneando el horizonte de las escamas.

La sombra de las esquinas y los bancos rehúye a quien escolta la muerte.

»Nada.

{ Hölle }

Las desvencijadas letras de carmín y esmalte reescriben mis poemas. La palidez de las rosas arde bajo el sol de madera, cuyas vetas destilan oro suicida en miel triste y amarga. 

El anhelo se persona. Frente a un vaso amoratado contemplo, en la migración de los pájaros, el desenlace.

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hedera

hiedra
inmortal cual veneno ingiriéndose a sí mismo
peso del mundo contenido en su abrazo
de asfixia
látigo en espalda de mármol
estrías arañando los muslos de los dioses
porque templos desierto y fachadas sin mácula
nervadura empuñando el vacío
tirabuzones que son raíces de fruto escarchado
y aborto tras aborto y temblor del vientre llano y
cristal pero
hiedra

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Cicatriz de cicatrices

Eres verso libre
cautivo por el temor, lingua ignota,
ciervo que huye de su propio jadeo,
inocencia de la sangre estanca,
cicatriz de cicatrices, olvido necrosado
que asalta al presente, que destripa al presente,
que busca refugio en sus entrañas—
En sus entrañas, polizón guareciéndose:
hueso extranjero, pies de iridio
ante cuya huella se reverencian las flores,
manos de niebla, ola que acaricia al agua,
vestigio en las arenas del tiempo.

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Hogar

Una vez, bajo la luna azul,

reconocí su lluvia pétrea arando mi ventana

como garras, viento aleteando

como la úvula de la campana al repicar

ante el aullido de los paganos; escuché

el eco de las lágrimas de una clepsidra en el cráneo,

sentimientos derritiéndose en perfume obsoleto; regué

las tumbas que se alzaban como estalagmitas,

la mano de sangre fría de Dios

apoderándose del terreno fértil y allí,

entre la fe y las ruinas, allí,

nacidos en el desierto que no hay que abandonar, allí,

crecieron cuatro lirios, vía de plata de la boca a la grieta; allí,

me sentí en casa.

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Freyja

Riega mi vientre con sangre, Freyja,

penetra su tierra oscura con tus dedos—

retorcidas raíces del árbol de las nueve vidas;

entierra tu aliento en mi siembra:

permite que dé cobijo a una astilla de universo

en mi matriz—pestañas que son comas

anhelando la respiración lacrimosa,

piel traslúcida de latido nonato.

 

Riega mi vientre con sangre, Freyja,

y juro por los Dioses

que no habrá otra lanza de muérdago

que arrebate la vida a sus hijos.

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Io Evohe

Estos son mi cuerpo, mi sangre y

mi sentido del equilibrio—vida y muerte

caminando la cuerda floja de mis clavículas,

el corazón conteniendo la respiración

para que el pulso no se torne espasmo;

las extremidades desovillándose

como cuerdas atadas a un relincho,

como venas en las manos de Décima.

 

«Io Evohe!». La sombra reproduce el eco del baile,

una red de luz tejiendo su figura inmaculada;

sus alas cubriendo, efímeramente, el mundo

con un sudario de belleza.

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Galatea

¿Percibes el pulso falso positivo

del buitre muerto bajo la tarima?

La leyenda enterrada en la ciudad de tuétano;

ciudad de tuétano que recorro, ciudad de tuétano

que soy—caminándome a solas, ojos empedrados,

botas pulverizando las vértebras de mis habitantes

sin necesidad de un Pigmalión que me dé forma.

 

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52

«Desde el vientre del infierno clamé, y mi voz oíste». Jonás

 

Yo soy el vientre del infierno,

la gestación del patrón anárquico—

mandíbulas abiertas cantando suavemente

sobre la gula, cincuenta y dos hercios,

arpones cincelando los siete círculos en mi cola.

 

No estoy varada, sino transgrediendo la orilla—

navegando el océano sin bautizar, las olas balsámicas,

mientras las aguas corren estancas

en mi estómago. Allí yace Ella,

acunada por el pulso salino,

a salvo del intento de los balleneros

por conquistar su espalda.

 

Ella nunca lloró—ni siquiera al nacer;

así, pertenece al mar, como las horas pétreas

que guardaba en los bolsillos al llamarme,

labios de ortiga mendigando el renacimiento.

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