CANDY

“With you inside me… comes the hatch of death.”

—Estoy asustada.

{ Himmel }

Se desnuda la semilla de la semilla, y aquel que, consciente de su efimeridad, insistió en escribir su nombre en humo, transcurre hilando coronas de pájaros junto a una sirena.

—No hay nada que temer.

{ Erde }

El fruto se rinde ante el puño de agua, sangre y abstinencia. Tras extinguirse el eco de su quedo espasmo, la pérdida se sacia con flores inconclusas y puentes desandados, con vestigios de ambrosía aguijoneando el horizonte de las escamas.

La sombra de las esquinas y los bancos rehúye a quien escolta la muerte.

»Nada.

{ Hölle }

Las desvencijadas letras de carmín y esmalte reescriben mis poemas. La palidez de las rosas arde bajo el sol de madera, cuyas vetas destilan oro suicida en miel triste y amarga. 

El anhelo se persona. Frente a un vaso amoratado contemplo, en la migración de los pájaros, el desenlace.

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3

Tres niños se esconden bajo las sábanas
De papel ártico—

Su moneda de dos caras ha besado otro bolsillo,

Un narciso germinando en su lengua;

Su madre, huesos combados y manos de abanico,

Carece de alimento que ofrecerles

A excepción del calor de sus propios cuerpos—

Un alma sombría envejece y pierde peso,

Sus hermanos de brazos moteados jugando blanco—

Desconozco mi sangre.

Me desconozco, pero confío en Él.

De noche, Sus pestañas se consumen como cerillas,

Las pupilas dilatadas 

Como orillas donde la luz va a morir—Entonces, 

Bebe pólvora en dosis de casquillo,

Deseando el suicidio de las balas vivas.

Ha visto Su eco en un cuchillo numerosas veces—

El corazón de Padre aletea con suavidad,

Sus palabras famélicas.

Las vías que sobrevivía

Yacen polvorientas, sus nombres carentes de significado—

He ahí el cigarro tras el no-cigarro:

Espanta una idea de humo,

Los espejos opacos se aclaran. Cuando

Las costillas de casa Le asfixian,

Bosteza la atmósfera—

Soy una de las tres aves que sus brazos de paja sostienen—

Enfrentando tormentas anclado al camino de baldosas amarillas.

Desconozco mi sangre.

Me desconozco, pero confío en Él.

Tiene los ojos de mi madre.

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Cimas

El verso de quien habla con voz ajena; escrituras necrosadas, la coagulación del vino en la cruz y el pecado cristalino, incipiente. 

He descendido las cimas.

Ahora comprendo por qué el Tirano permaneció en ellas.

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Meiga

La araña arropa a la mosca, besa su frente y vigila su sueño. Bajo el puente de musgo, un riachuelo añora el agua que mis labios sacian. Mis lacrimales exhalan una horda de cuervos de salitre; uñas de niebla aran la falda de árboles inconclusos y flores de negrura nacarada desgranan las ruinas del molino— huesos de imposibles gigantes.
El sol pugna por irrumpir bostezando un hálito de luz.
No respeta el turno de las meigas.
No respeta mi turno.

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Niebla

soy Niebla niebla

infinita e inabarcable e inexpugnable solo

niebla infinita e inabarcable reducida a

una palabra

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Crisantemo

Seda roja cubre sus ojos transcritos en silencio, un bostezo de historia jamás traducida…

Mis pupilas son ventanas abiertas a una habitación cuyo techo ahorca golondrinas de papel. El aliento prensado esconde huellas de leche, miedo a la luz y la sombra del cazador. Los rizos de plomo desafían la espalda de Sísifo, la pendiente nunca saldada y el fin. No hay labios metálicos que besen mi sien sin fundirse— como moneda en ojo ateo.

Mis estigmas abiertos sacian la gula del crisantemo, marchito y de voz flagelada. En sus gritos repica el vacío.

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El parpadeo somnoliento del puño cerrado y áspero en mi mano. Voz encordada: un gruñido en los dedos; la inocencia primitiva de la obertura, el pudor de la primera nota.

Mis letras devoran sus pupilas: se reescriben las partituras, insuflando de oxígeno los pentagramas necrosados: agradable, sutil y débilmente, bajo el pecho de launa.

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Nunca más

el cielo se asfixia su garganta desplegada en mudas ramas
la lluvia hiende el suelo desangra el suelo
la lluvia erosiona y tortura mi piel
 
tengo una muesca en la clavícula
tengo una muesca que es charco y
bajo la marca de agua los tejados zumban palas en mis sienes palas en mi pecho
y en su cabeza el cuervo ladra «nunca más»
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