Rigor mortis

Hay un cuerpo en mi cama y está frío.

Tiene puños cerrados en estalactitas que perforan su carne: la carne de la mano que se niega a comer, la carne de los colibríes de pulso famélico; jaulas, jaulas, jaulas de estalactitas disueltas, el agua sin firmar goteando sobre el cráneo de aquel cuyo nombre se escribe con mayúsculas. Y no hay más que Yo, dices, pero hay un cuerpo en mi cama, lecho de dientes perdidos y monedas de óxido bajo los párpados, aliento de las iglesias: piedra sin sed, vino que sacia los estigmas como labios abriéndose de pestañas al rocío. El alba garza teje sus poros y asciende con uñas de alfiler hasta su pecho, pero el cuerpo de mi cama está frío, frío. Escarcha. Tiene los ojos turbios, fangosos, lacrimales colmados de nieve terrosa.

Parpadea.

Hay… Hay un cuerpo en mi cama y… está… está…

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Acerca de L. Dietrich

Pixieh Tian Shi — El cielo por los suelos y los pies en el aire.
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