Ávalon

Mientras telarañas de rocío enfundan el acero de aquel cuyo nombre sucumbió al musgo, los grilletes de espuma se disipan y mis labios desembarcan en la isla de hueso.

En la orilla, el salitre esculpe la historia del tiempo. Tras la linde de ventrículos nacarados, los secretos se confían con lengua impar al oído viperino y el silencio nunca cede la palabra.

Abandonada a la contemplación, escribo. A mi alrededor, lo nonato cobra vida.

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Acerca de L. Dietrich

Pixieh Tian Shi — El cielo por los suelos y los pies en el aire.
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