Baccara

Se repite el aullido
en los dedos de la modelo de áticos,
de la gata sin costilla,
y el rizo de inmortal retroceso
va, viene y vuelve
a amartillar su sien.
La Sangrada Escritura
curte su piel castigada:
en las cicatrices
de terciopelo efímero, marcesible y
corcheas opiáceas,
se disuelve la savia prensada de los almendros.
Cuna de flores silvestres,
tiemblan sus vértebras
de acero y plomo.
A la sombra
de las monedas que boquean en la fuente deshidratada,
encarna la belleza inconcebida y
reivindica la libertad del latido confinado:
—Quien primero me nombró
fui Yo.

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Acerca de L. Dietrich

Pixieh Tian Shi — El cielo por los suelos y los pies en el aire.
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