Y los sueños, sueños son

«Sí, soy yo», respondes a una pregunta no emitida.

Sigues teniendo la misma sonrisa depredadora, la misma nariz aguileña, las mismas garras que arañaban mi nuca cuando me acechabas por la espalda. A mí, presa entre presas. Siempre me pregunté por qué me escogiste. Siempre me dio miedo inquirirlo en voz alta.

En un arranque silencioso, mi corazón huye del pecho y las arterias que lo atan a mi cuerpo le hacen seguirlo el paso.

Vuelvo a darte la espalda. ¿Temo sentir tus garras de nuevo en mi nuca? Sí, pero mejor poder ubicarte a no tenerte localizado.

Jadeo tras alcanzar tres alturas y haber menguado un cuarto la mía. La azotea entalla sombras. Siento la tuya pisar mis huellas en la escalera, ascender en pos de unos pies que desconfían del suelo donde tropiezan, olisquear mis tres casi besos al suelo y repasar con los dedos un «me rindo» grabado en la barandilla.

Se abre la puerta y entráis tú, tu sonrisa depredadora, tu nariz aguileña y tus garras, tan predecibles como siempre.

—Te conozco —afirmo, apuntándote con un dedo.

—Es halagador que me recuerdes.

—No has cambiado.

—Tú sí.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por hacerme soñarte.

Tu desconcierto es palpable. Aprovecho la distracción para iniciar la fase creciente, coger impulso, correr y empujarte al abismo. Las obviedades me persiguen: la gravedad cumple y tú caes, te rompes y sangras. El pavimento apenas recoge masa cerebral tuya. Tal y como yo habría soñado. Tal y como yo imaginaba.

Tenerte a mis pies mientras descanso, dimensiones aparte, en una cama más caliente que tu cuerpo, me disecciona una sonrisa; sin embargo, carezco de tiempo para descansar. Según mis cálculos, algún transeúnte no tardará en verte, llamar a la policía y dar parte. Tengo que huir, tengo que seguir corriendo: tal y como haría en cualquier sueño.

Desciendo los escalones de dos en dos y dejo los tropiezos, los besos y los «me rindo» atrás. Salgo del edificio. Huyo. Cruzo las rayas de los pasos de cebra de dos en dos. Y te dejo atrás.

El tiempo es un parámetro relativo que las agujas de un reloj son incapaces de acotar. Vivo abrazos y sueños ajenos a ti hasta que dan conmigo, hasta que me piden declaración, hasta que confieso, hasta que me entrego; hasta que el tiempo pierde su relatividad y las agujas de Dalí me demarcan.

Hoy escribo emparedada y sin tinta sobre un caso perdido de algo que en el juzgado se calificó de venganza.

«¿Por qué lo mató?». «Lo maté porque me quería». «¿Lo mató por quererla?». «Lo maté porque me quería. Muerta».

«Pasará el resto de su vida entre rejas», sentenciaron.

«La vida es sueño. Sois sueño», fue mi defensa.

Mi abogado trató de hacerme pasar por alguien que no estaba en pleno uso de sus facultades mentales. «Sigue diciendo que todo y todos son parte de un sueño, tu sueño, aquel del que te despertarás cuando cierres los ojos».

Obedecí por llevar la contraria. Obedecí por llevarme la contraria.

Aún espero despertarme.

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Acerca de L. Dietrich

Pixieh Tian Shi — El cielo por los suelos y los pies en el aire.
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