Atrabilis

La almohada dice que no da más de sí, que va a dejar de soñarme, que busque otro hombro sobre el que llorar; los muebles son tan poco escarpados que no consigo aferrarme a sus vértices; los cristales rotos acarician y cortan.

He dicho tu nombre tres veces en el espejo y solo me he visto yo. Desisto: no quiero nada que pueda tener.

Mi peluche favorito intercambia una mirada cómplice conmigo y mi habitación se convierte en el escenario de un crimen.

Mi alfombra de pelo castaño y corto está cubierta de algodón. Prometo haber intentado rellenarme sin obtener resultado (satisfactorio). Las heridas abiertas sangran agua. Boqueo, tiemblo, me convulsiono en el suelo cual eco fusiforme. Jamás pensé que en el cuerpo humano tuviera cabida más de un 60 % de O2: cómo decirle a los científicos que solo tienen que arrancar un corazón para refutar sus teorías.

Llego al séptimo espasmo, surte la magia y se abre la puerta.

Madrid.

Entra, se sienta a mi lado. Creo que habla; no estoy segura, no la presto atención: tengo los oídos tapiados, una raspa cruzada en la garganta y el diluvio universal en los ojos —probablemente el lugar con el índice de lluvia más alto del verano—.

Desaparece un parpadeo de mis ojos hinchados; después, seca los ríos que erosionan mis mejillas y reconstruye el puente que con tanto esmero yo he intentado destruir para ahogarme. Le cuesta eones de papel higiénico y un abrazo con dedos de prensar folios.

La miro, con el pecho incinerado, y no puedo evitar pensarla vida, como el único latido registrado en el cuarto que es. Me devuelve la mirada, consciente. Sus ojos son los de un amo que, junto a su can enfermo de rabia, calibra el momento del sacrificio sin querer precipitarse.

Pero ella no es mi dueña. Pero yo no soy su perro.

Habla una última vez antes marcharse; después, el cuatro muere en silencio.

*Si por algo destaca la escritura es por ser el mayor medio de difusión de mentiras de la historia. Hacedme caso omiso, exagero: Sevilla nunca dolió tanto.

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Acerca de L. Dietrich

Pixieh Tian Shi — El cielo por los suelos y los pies en el aire.
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