Deshumanización

Cuando nací,

plantó un almendro;

a mis 18, murió;

desde entonces,

me he hecho centenaria.

Abro la ventana.

Los gatos, bohemios,

descuentan vidas en la calle

y las vías se destrenzan

rompiendo promesas suicidas.

Cruzo y descruzo las pestañas;

se excita el deseo,

pero no llega al clímax.

Escribo

días tras noches;

te regalo

a ojos ciegos:

a ojos que no saben observarte,

a ojos

que no ven cuanto veo.

El espejo ha roto consigo.

El carmín se corta

y lágrimas de petróleo

contaminan

mis branquias plateadas.

Me oxido.

Junto a la ventana abierta,

me oxido.

A cinco alturas,

me oxido.

El tiempo me corroe.

Un día,

Ella:

cerró la ventana,

me devolvió el reflejo…

Y, entonces,

vi mis uñas transiberianas,

vi mi vientre erosionado,

vi mis ojos férreos

y comprendí

que no hay mejor destino

que unos brazos abiertos.

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Acerca de L. Dietrich

Pixieh Tian Shi — El cielo por los suelos y los pies en el aire.
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