Panacea

—Hola. Mi nombre es L.

Hola, L.

—He vuelto a beber y soy abstemia.

El silencio repica en la superficie del agua y mi reflejo se pierde en sus elipsis.

Me atrapan; orbito, me hundo.

Cada moneda lanzada hacia atrás, dándome la espalda y tentando a la suerte, pesa en mis bolsillos.

Me ahogo.

La superstición cae por su propio peso. Y se rompe. La tela se descose y el deseo toca fondo.

Libre de ataduras y ligera como una burbuja, asciendo. Respiro.

Hola, L.

Sentada en el borde de la fuente, mi Sombra.

—Y yo que creí haberte dado esquinazo.

El mundo es redondo, carece de esquinas.

—Pero no de espinas. Enzárzate.

Nunca lucharé con nadie que no sea contigo.

—Dichosa fidelidad…

Dijo la que afirmó que nunca bebería de este agua…

Nado hacia la nada. La oscuridad me recibe como una gotera de luz que ansía tapar. Me acoge entre sus brazos.

Nunca, me recuerda.

—Es la única fuente de todo el jardín que funciona con regularidad —me excuso, dejándome arropar.

Agua no potable, L.

—La única que me sacia cuando tengo sed.

No. Potable.

—La única…

Mi sombra me apaga, pero el sol no se rinde: me arranca un reflejo.

Brillo. Ciego.

Parpadeo, parpadeo. Un paisaje vertical.

Me yergo y el jardín cobra horizontalidad. Las fuentes florecen por doquier; ninguna arroja sombra, tampoco agua caduca y ponzoñosa.

—Hola, me llamo L.

No hay respuesta.

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Acerca de L. Dietrich

Pixieh Tian Shi — El cielo por los suelos y los pies en el aire.
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